Friday, June 20, 2008

Boletín desde Kosovo, 3 febrero 2008

Estimados Lectores:

Esto es un blog escrito en febrero, en medio de una visita de trabajo de dos semanas a los Balcanes, invitado por dos agencias de las Naciones Unidas a proporcionar capacitaciones en defensoría a los miembros de su personal que trabajan en los derechos infantiles y en cuestiones del medioambiente. A lo largo de las próximas semanas, esta región del mundo capturó otra vez la atención de los medios a nivel global, mientras Kosovo declaró su independencia oficial de Serbia, entre denuncias por parte de Serbia, Rusia y otros. Recien traducido al español, aquí les presento una visión de un lugar que se convertió en la nación mas nueva del mundo.

Jim Shultz
El Centro para la Democracia

BOLETÍN DESDE KOSOVO

Kosovo, Los Balcanes

Tenía que tomar un desvío esta mañana en el camino nevado que pasa por las montañas de los Balcanes en ruta a Montenegro desde Kosovo. El chofer de las Naciones Unidas que me escoltó a la frontera explicó que el problema no se trataba de las condiciones del camino, sino de las condiciones políticas.

La ruta directa entre los dos enclaves de los Balcanes atraviesa un pequeño rincón de Serbia, la nación de la que Kosovo piensa declarar su independencia dentro de las próximas semanas. Ya que el vuelo que me llevó aquí hace una semana aterrizó directamente en Kosovo – ninguna parada en Belgrado, ningún sello serbio en mi pasaporte azul – la política serbia dice que llegué ilegalmente al país. El hecho de convertir el proceso de cruzar la frontera en un lío es sólo una parte de la presión que los líderes de Belgrado buscan ejercer en lo que consideran una provincia fugitiva.

Esto es Kosovo diez años después de una guerra aún con heridas abiertas, y semanas antes de que se declare la nación más nueva del mundo. Es un país que espera hacerse país, un lugar donde 17,000 tropas de OTAN todavía patrullan las calles en enorme transporte verde de personal, y que todavía es considerado por Serbia al norte no sólo una parte de ese país sino también su antigua tierra natal.

“Pasará en cualquier momento,” me cuenta la gente aquí, quizás semanas, quizás meses, pero independencia, me asegura, pasará.

“Aquí se vende todo tipo de cohete que puedas imaginar,” otro empleado de la ONU me cuenta. “El Día de la Independencia, cuando llegue, será muy, muy ruidoso.” También habrá disparos, advierte. Las armas no serán apuntadas a la gente, sino hacia arriba, en celebración. Él vive en el último piso de su edificio y se preocupa de que algunas de esas balas se caigan en su techo – o en el piso de su salón.

Diez años después de la guerra y el bombardeo de la OTAN que ayudó a terminarla, la motivación para la independencia de Kosovo aún es fácil observar aquí. En el camino por las montañas permanecen los esqueletos de casas de ladrillo destrozadas por fuego de mortero serbio. También hay iglesias católicas ortodoxas destruidas como represalia por miembros de la mayoría musulmana de Kosovo.

“Primero un vecino serbio mío vino a mi departamento y me avisó partir,” recordó otro de mis nuevos conocidos. “Dijo, ‘Pronto otros vendrán y no te hablarán tan amablemente como yo.’ Luego, otros vinieron, disparando sus armas al aire por la calle y mandando que nos fuéramos de Kosovo. Así que nos fuimos.” Decenas de miles de kosovares de habla albana se huyeron, principalmente a Macedonia. Los afortunados se acogieron con parientes. Muchos otros acabaron en campamentos de la ONU para los refugiados.

No sorprende que la ONU, OTAN y los Estados Unidos sean considerados héroes por los muchos aquí que se huyeron. Recitan de memoria el número exacto de los días durante los cuales OTAN bombardeó Belgrado y otros sitios para terminar las expulsiones de Kosovo: diecisiete. Mientras conducíamos por las montañas esta mañana, mi chofer de la ONU me contó de cómo viajó en el sentido opuesto hace una década, de vuelta desde Macedonia en “una caravana de la ONU”. Esperaba tres meses más hasta llevar su familia a casa, queriendo estar seguro de que el estado frágil de la paz aguantaría.

Actualmente en Serbia, los que votan en las elecciones nacionales eligen entre dos candidatos caracterizados por los medios internacionales como “moderado e inclinado hacia Europa” por un lado, y “nacionalista radical e inclinado hacia Rusia” por el otro lado. Sin embargo, su posición sobre Kosovo es igual – tiene que permanecer una parte de Serbia. La inminente declaración de independencia es contemplada por Serbia semejante a cómo Washington recibiría la declaración de California como nación soberana por el Gobernador Arnold Schwarzenegger. Pero 17,000 tropas de OTAN y una gran base militar estadounidense parecen asegurar que la retórica acalorada y los líos en la frontera sean el límite de las acciones de Serbia.

Los desafíos adelante para los dos millones de habitantes de esta futura nación tienen su raíz más en la economía que en la agresión política (aunque hay cierta preocupación de si grandes cantidades de serbios en el norte de la nación se irán). Kosovo, cuando declara independencia, no será solamente la nación más nueva, sino que también se encontrará entre las más jóvenes. La mitad de su población tiene menos de 25 años y el desempleo adulto está muy alto a casi 40%.

“Lo que principalmente producimos ahora es la basura,” otro kosovar me contó. Las calles están cubiertas con bolsas de plástico y los restos de autos destripados. El crimen organizado prolifera aquí y está creciendo. La inactividad, especialmente entre los jóvenes, es causa de preocupación. Y todo, en esencia, es mandado por los extranjeros. La ONU es el gobierno oficial aquí. El Fondo Monetario Internacional, tan infame por las imposiciones económicas ligadas a su ayuda, da órdenes aquí incluso antes de proporcionar ni una moneda.

Kosovo, como Bolivia, Yugoslavia, el Este de Europa y otras partes del mundo durante las últimas dos décadas, está viajando por el proceso vivificante de transformar su identidad nacional. Y como en esos otros lugares, las expectativas populares sobre qué el renacimiento traerá están altas, irracionalmente altas.

Es solamente después de que los ecos de los cohetes se atenúen y las balas disparadas hacia el cielo se deslicen de los techos (ojalá) cuando el trabajo menos romántico de construir una nación comenzará.

Traducido por Kristin Bard

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